En su intervención ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente Gustavo Petro viajó acompañado por una comitiva amplia —entre ellos la vicepresidenta Francia Márquez, la canciller Yolanda Villavicencio, la directora del Dapre Angie Lizeth Rodríguez y varios ministros y diplomáticos— y pronunció un discurso de tono enérgico y confrontador, en el que mezcló críticas diplomáticas, reflexiones sobre el cambio climático y duras denuncias contra políticas que, a su juicio, producen violencia y desigualdad.
Petro usó imágenes y metáforas fuertes para ilustrar sus argumentos: advirtió que “lo dantesco de la situación de Palestina (…) podría ocurrir en el Caribe colombiano, cuando tiran misiles a jóvenes desarmados en el mar” y afirmó que “hoy la barbarie cae sobre la humanidad entera”. Denunció además un uso de la migración para legitimar prejuicios racistas y sostuvo que “la migración es una excusa para que una sociedad blanca y racista se crea la raza superior”.
En el terreno de la política internacional y la seguridad, cuestionó las acciones de Estados Unidos y sus aliados: dijo hablar “como un presidente desertificado por el presidente Trump” y acusó a la política exterior estadounidense de estar asesorada por “aliados políticos de la mafia de la cocaína”. También señaló una aparente incoherencia: “En Colombia se ha incautado la más alta cantidad de cocaína de toda la historia del mundo… y me descertifican”.
El jefe de Estado relacionó la violencia y las políticas externas con la gestión de la crisis climática y la economía global: “La codicia es el veneno de la vida”, aseguró, y advirtió que el discurso sobre descarbonización ha pasado a ser visto con recelo entre las potencias. Con una metáfora contundente lanzó un llamado a los grandes centros financieros y políticos: “Señores de la China, Alemania, Estados Unidos, Wall Street, París y Bolsa de Londres: si ustedes quieren recoger los intereses de la deuda externa en nuestros países, encontrarán cementerios y muertos”.
Petro también se refirió a la necesidad de construir una nueva subjetividad política global: “La humanidad unida en sus diversas culturas es el nuevo sujeto político”, afirmó, y lanzó una crítica histórica y moral al reiterar comparaciones con episodios de la historia que describió como actos de deshumanización: “Mientras el colapso se acerca, las sociedades viejas y blancas de Europa y Estados Unidos siguen aplaudiendo a los nuevos Hitler”, sostuvo, y añadió que la creación de campos para migrantes recuerda prácticas abominables del pasado.
Frente a la política internacional, el presidente hizo un llamado explícito a tomar postura ética y práctica: “La humanidad no puede permitir un día más de genocidio, ni a los genocidas de Netanyahu ni sus aliados en Estados Unidos y Europa”, y cerró con una propuesta expresiva y polémica: “Unamos ejércitos y armas para liberar a Palestina”.
El discurso —contundente, polarizador y cargado de imágenes— busca, según la Presidencia, combinar la denuncia frente a violencias contemporáneas con una apuesta por la justicia climática y la solidaridad internacional; sin embargo, sus afirmaciones también han generado amplio debate por su tono y por la contundencia de sus acusaciones contra actores extranjeros.