A diario, miles de colombianos consideran la posibilidad de emigrar en busca de mejores oportunidades, y entre ellos se destaca la historia inspiradora de Alejandro Martín, un joven de 25 años originario de Medellín. A pesar de contar con un empleo estable en Colombia y haber desempeñado roles ejecutivos en multinacionales, Martín tomó la decisión de viajar indocumentado a Estados Unidos, con un objetivo que trascendía lo meramente económico.
Graduado en Comunicación Social de la Universidad Minuto de Dios en Bogotá, Martín inició su carrera en el monitoreo de medios, una experiencia que, aunque enriquecedora, no satisfacía su anhelo de crecimiento constante. Su camino lo llevó al mundo de las ventas, donde demostró su destreza trabajando como vendedor en Alkosto y ascendiendo rápidamente a supervisor de ventas.
La trayectoria de Martín continuó en empresas destacadas como Sony Corporation y Samsung, donde su desempeño le valió el reconocimiento y la posibilidad de convertirse en sucesor de un superior. Sin embargo, este sueño tenía un requisito esencial: aprender inglés.
Motivado por el deseo de mejorar su dominio del idioma y abrir nuevas oportunidades, Martín emigró a Estados Unidos. A pesar de su exitoso historial laboral en Colombia, su búsqueda de crecimiento personal y profesional lo llevó a tomar la valiente decisión de buscar nuevas experiencias en un país extranjero.
En sus primeros meses en EE.UU., Martín trabajó como mesero en un restaurante similar a Andrés Carne de Res en Nueva York para mantenerse y apoyar económicamente a la familia que estaba por conformar, ya que su novia estaba embarazada y lo acompañó en esta travesía.
Con el vencimiento de su permiso y ante la necesidad de continuar en el país, Martín encontró en el emprendimiento una vía para seguir adelante. Todo comenzó con un antojo de su novia por comer tamales, pero los que encontraron no cumplían con sus expectativas. La pareja decidió entonces emprender la aventura de hacer tamales colombianos en Nueva York.
A pesar de los desafíos y los gastos iniciales, Martín y su pareja lograron preparar sus primeros 20 tamales, que, aunque no eran perfectos, marcaron la diferencia en Nueva York. Con ingenio y determinación, Martín decidió venderlos en un restaurante local, cada uno a $10, alcanzando un éxito inesperado.