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Leonardo Padura: “El reggaetón es la expresión del deterioro de nuestra sociedad, pero es consecuencia y no causa”

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“Si admitimos que La Habana es un organismo viviente, hoy estaría gritando de dolor”, reflexiona Leonardo Padura en Ir a La Habana, un libro que no solo destila amor por la ciudad, sino que también traza la relación íntima entre su evolución y la vida del autor. Este testimonio es una crónica de cómo el destino de la capital cubana se entrelaza con las experiencias de Padura y su generación.

“La ciudad donde nací y donde escribo desde hace casi cinco décadas ha experimentado un proceso de alienación ante mis propios ojos”, escribe Padura, quien llegó al mundo en 1955, pocos años antes del triunfo de la Revolución Cubana. Aunque también tiene nacionalidad española, insiste en que no podría crear lejos de su barrio natal de Mantilla, un rincón que define su esencia como escritor y donde, dice, incluso los nombres de los jugadores de béisbol forman parte de su cotidianidad.

Un barrio con raíces profundas
Desde su casa en Mantilla, Padura recuerda cómo en su infancia cualquier trayecto hacia el centro histórico era conocido como “ir a La Habana”. “Mantilla está en el extremo sur de la ciudad, en lo que alguna vez fue un camino real. Aunque no era un lugar aislado, contaba desde los años 30 con una ruta de autobuses que conectaba al barrio con el corazón de la ciudad. En aquellos días, La Habana deslumbraba con su vitalidad y belleza”, explica.

La caída del esplendor
Para Padura, los años 60 marcaron el inicio del declive. La «ofensiva revolucionaria» nacionalizó los negocios privados y transformó profundamente la economía urbana. Aunque la ciudad mantuvo una inercia cultural hasta los 80, el colapso de la Unión Soviética en los 90 agudizó las crisis. Los apagones y las carencias de aquella década dejaron una marca indeleble que, según el autor, persiste hasta hoy.

“En los años 40 y 50, La Habana prosperaba gracias a la inversión estadounidense, que construyó no solo infraestructura sino también un legado arquitectónico imponente. Sin embargo, esa riqueza era profundamente desigual”, comenta Padura, aludiendo a cómo los momentos de bonanza dejaron una huella visible en el paisaje de la ciudad.

La dualidad de La Habana nocturna
El autor recuerda con nostalgia la vibrante vida nocturna que definió una época, desde clubes hasta cabarets. “Eran lugares únicos donde podías escuchar a leyendas como Omara Portuondo y Elena Burke”, relata. Sin embargo, esa escena se ha transformado: hoy es un lujo reservado para turistas y la élite económica, inalcanzable para el cubano promedio.

Una ciudad en transformación
La fragmentación no solo afecta los espacios, sino también el acceso a ellos. Para Padura, esta fragmentación es reflejo de un deterioro cultural y ético que trasciende Cuba, simbolizado en fenómenos como el reguetón. “Esta música, con su contenido machista y lenguaje soez, es más una consecuencia que una causa. Es un espejo de las desigualdades y crisis de nuestras sociedades”, reflexiona.

El futuro incierto de La Habana
“La Habana del mañana dependerá de los cambios –o la falta de ellos– en la economía y la política de Cuba”, advierte Padura. A pesar de su deterioro, sigue siendo una ciudad hermosa: “Es una vieja majestuosa que guarda historias entre sus calles y ruinas”. Su sueño para la ciudad es simple: que cada persona pueda vivir dignamente del fruto de su trabajo.

Para Padura, su conexión con La Habana es inquebrantable. Más allá de sus paisajes y contradicciones, esta ciudad define su identidad, su memoria y su lenguaje como escritor. “La Habana es mi lugar. Aquí nací, aquí escribo y aquí quiero permanecer”.

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