El hombre enviado por la doctora Emilsen de Cancino —destacada jurista y hoy decana de Derecho— era la esposa del recordado abogado Antonio José Cancino, un brillante defensor del derecho, célebre tanto por su agudeza jurídica como por su gusto por los rituales del dios Baco. Quienes lo conocieron aún recuerdan sus tardes en las tiendas-cantinas cercanas al Externado, donde los viernes estudiantes cachacos y costeños se tomaban la calle 12 para escuchar vallenatos y refrescar la garganta con Águila o Costeña, las cervezas de moda en esa época.
Aquellos lugares de alegría universitaria estaban ubicados en la empinada calle que conduce a la vía Circunvalar, bordeada por los jardines del Externado, esa universidad que muchos llaman “la más bella del mundo”, gracias al amor por la naturaleza que el maestro Fernando Hinestrosa imprimió en su construcción.
A ese recinto llegó un inexperto concejal de Maní. Buscaba a la doctora Emilsen en su despacho, sede de la Asociación de Exalumnos del Externado, que ella presidía. Era una dama bogotana de elegancia clásica, sobria y distinguida, que recibió con entusiasmo al visitante llanero al saber que en un pueblo remoto del Casanare existía un comunicador externadista que, además, ejercía como concejal.
El joven corporado, llegado al Concejo de Maní por sugerencia del profesor Enrique Caicedo Guerrero —hermano del abogado Tirso—, había subido a la curul tras la renuncia del titular. Su visita a la doctora Emilsen tenía un propósito práctico: reclamar su carnet de egresado. Salió tan feliz con el documento que no pudo evitar abrazarla en agradecimiento. Durante la conversación, mencionó que en Maní estaba próxima la elección del nuevo Personero Municipal y, más por iniciativa personal que por solicitud de la mesa directiva, sugirió que si conocía algún abogado externadista interesado, podía enviar su hoja de vida.
La doctora, más diligente que todo el Concejo junto, envió al poco tiempo a su “pupilo” a la capital turística de Casanare, tierra de la bandola. El abogado llegó impactado por la inmensidad de la llanura y la ausencia de cerros. El concejal lo recibió con el entusiasmo propio de los pueblos pequeños, donde la visita de un foráneo es casi un acontecimiento social.
Aquella noche corrió la cerveza: primero en tiendas callejeras, luego en Los Bohíos, frente a la alcaldía, propiedad del concejal Augusto Albarracín. Los dos bebedores aportaron su cuota a las ganancias de Bavaria. Nada hacía pensar que el entusiasmo ocultaba un gran error político: el novato concejal no había hecho “lobby” con sus compañeros. Y en política —en Maní, en Casanare, en Colombia y en el mundo— el compadrazgo pesa más que la hoja de vida.
Llegada la votación, la derrota del abogado externadista fue absoluta. Regresó a Cundinamarca con sus títulos intactos, y el concejal aprendió una lección amarga: en política, siempre mandan los intereses y no el mérito.